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23 Mayo 2007
Mi serie de dibujos animados favorita es Pingu. En eso coincido con mi hija pequeña. Me gusta porque Pingu es travieso, comete errores, en fin, está vivo. Los mayores tampoco son perfectos, pero todos se acaban perdonando. Y me reconozco mucho en esos pingüinos. Yo también me paso el día pidiendo perdón a mis hijas cuando me cabreo y ellas también me piden perdón a mí. Yo no sé qué haría si no me perdonasen: acabaría no haciendo nada para no cometer errores o acabaría convirtiendo el error en mi criterio.   
Sin embargo, mi hija mayor prefiere Mirmo. Cuando conoció la diferencia entre insulto y palabrota, me aclaró que en Mirmo no se dicen palabrotas, sino insultos y que ella no los imita. Ella quiere que yo esté contento y que la deje ver Mirmo con toda tranquilidad y yo la dejo, porque no me gustan las series donde es todo muy correcto, muy ecológico, muy light. Para una niña no es nocivo ver a unos duendes gritando y peleándose. Nunca ha sido nocivo leer cuentos de ogros carnívoros y lobos comeabuelas. Lo nocivo para el niño y para el hombre es ver en el cuento o en la peli al semejante a él haciendo algo que también él puede hacer y eso que puede hacer no es volar ni comer niños, sino escupir en el suelo, poner una chincheta en el asiento del profe, insultar a los padres... en fin, esas lindezas que hacen los adolescentes en las películas que ven mis alumnos.

22 Mayo 2007
Mis hijas distinguen muy bien entre palabrotas e insultos. Yo pensé que a tan tierna edad no iban a entender bien la distinción, pero atraparon los conceptos en cuanto se los expliqué. El otro día un ciclista casi nos atropella y yo solté el celebérrimo taco bisílabo, muy bien pronunciado, y mis hijas me contemplaron con verdadero estupor.    
Los niños reverencian las normas con verdadera religiosidad. Aún no saben que lo importante no es la norma en sí, sino el objetivo de la norma, pero, aun así, como mis hijas me quieren tanto, me perdonan que yo me salte a la torera unas normas que les inculco con tanto afán. Esto es lo bueno que tiene el amor: que los que se aman no se piden unos a otros la perfección. Sólo pedimos la perfección a los que no amamos.

15 Mayo 2007. Mis amigas de Cuba   
Ayer, dos cubanas, Laura y Modesta, de vacaciones en Sevilla, vieron mis vírgenes prudentes en el estante de Mono Azul en la Feria del Libro y lo compraron porque se apellidan Cotta como yo. Los que no son Cotta tendrán dificultades quizá en comprender lo mucho que une nuestro apellido a los que viven en Miami y a los que viven en Nápoles. Estuvimos las cubanas y yo describiendo Cottas de un lado y otro del Atlántico, encontrando notas comunes en ellos, y llegamos a una conclusión: todos tenían una vena mística, sentimental, religiosa, poética o artística. La madre de Laura y Modesta, María Teresa Cotta de Cal, antes de que llegara Castro, escribió un libro que vendió más de veinticinco mil ejemplares titulado Comidas criollas en ollas de presión. Y también me hablaron de otra homónima mía llamada Perla Cotta, prima de ellas, que se quedó en Cuba sin exiliarse.   
Desde aquí mi beso y mi abrazo a Laura y Modesta y espero que mis vírgenes las hagan reír y llorar un poco.    

10 Mayo 2007. El viernes pasado, mientras llevaba a una hija a hombros y a otra de la mano y a toda pastilla para llegar a tiempo a un cumpleaños y resguardarnos de la la lluvia, perdí mi cartera y mira tú por donde, Raúl, el dueño del bar Entrecárceles, al lado de Sierpes, la encontró en el suelo y se puso en contacto conmigo para devolvérmela. Desde esta bitácora quiero agradecerle su gesto. Cuando los desconocidos hacen esfuerzos por los desconocidos, uno sigue teniendo esperanzas en el género humano. Muchos antropoides, cuando encuentran la cartera ajena, la desvalijan, porque para ellos el bien es aprovechar lo que encuentran, sin preocuparse por nada más. Pero con que haya unas cuantas personas que vean, como Raúl, más allá de sus narices y se den cuenta de que el bien es renunciar muchas veces al provecho propio porque a la larga así nos beneficiamos todos, el mundo seguirá funcionando. Gracias, Raúl, y espero que disfrutes a mis vírgenes. Te las regalé en agradecimiento.

4 Mayo 2007. Prestar un ángel matadragones
Conozco una niña de siete años que tiene miedo de sus pesadillas, de sus sentimientos, de sus sensaciones, de su imaginación: estos cuatro jinetes cabalgan en su imaginación a lomos de cuatro fogosos corceles que tiran del carro que ella intenta guiar y lo arrastran a donde ella no quiere ir: a los precipicios de la oscuridad, del terror, de la duda. Esa niña quisiera que todo lo que le ocurre y se le ocurre sea seguro, puro y comprensible y moderado como ella quiere que todo sea. Un mosquito zumbando en la oscuridad se le antoja una horrible sanguijuela voladora, un vampiro maléfico y espantoso que se ha adueñado de su habitación para dejarla sin sangre. Cada vez que lee en un cuento o ve en la tele ciénagas, bichos peligrosos o volcanes, me pregunta si hay de eso en España. Ya le tengo dicho que en España no hay tiburones ni murciélagos chupadores de sangre ni boas ni copras ni demonios de Tasmania ni dragones de Comodoro y que los ogros y las arpías y el Minotauro sólo existen en los cuentos. Incluso le he tenido que mentir diciéndole que en España no hay víboras ni escorpiones. Si no fuera porque la realidad me lo rebatiría, yo, en mi afán de protegerla, ya le habría dicho que en España no hay mosquitos o que los mosquitos son tan reales como los unicornios. No le gusta saber que hay gente que tira los papeles al suelo; prefiere pensar que se les han caído; no le gusta pensar que hay gente mala, prefiere pensar que se equivoca o está enferma. Con esa admiración innata hacia el bien, no entiende por ahora el mal. Que las almohadas se conviertan en monstruos asesinos y los ojos perciban manchas luminosas cuando salen de la luz y entran en la oscuridad  y los retortijones sean tan repentinos, tan agudos, tan descarados y que de pronto le entren ganas de llorar porque se acuerda de algo triste o delicado o de una mentirijilla que echó no sé cuándo o que algo en su organismo le sugiera una sensación remotamente parecida a una arcada o que su imaginación le juegue malas pasadas...., todo eso la desconcierta, la asusta, la trae a mis brazos aterrada y temblorosa y yo no sé cómo quitarle esos miedos a esa parte de sí que ella no domina, cómo enseñarle que todo eso también es ella y que no es malo, sino bueno y hermoso y que todos esos sentimientos y sueños e instintos y sensaciones significan que ella está viva y sana y que gracias a todo eso existen los poetas y las obras de arte y el amor... Es esa intensidad con la que percibe el mundo la misma que le permite apreciar cuanto de belleza hay en el mundo: el trino de un pájaro o la gota de rocío en un pétalo o el sabor del tiramisú que preparamos juntos o las diferentes tonalidades de su color favorito o jugar con las formas de las nubes y el componer esos dibujos tan bonitos para que yo los cuelgue en la pared de mi despacho en el trabajo. Yo, en fin, quisiera que mi hija aprendiera a asumir y a aprovechar ese conflicto que late en el fondo del ser y de su ser: lo apolíneo y lo dionisíaco. Ella quisiera que todo fuese apolíneo, puro, hermoso, ordenado, luminoso, racional y no entiende lo dionisíaco, lo excesivo, lo irracional, lo instintivo, lo oscuro. A ver si el amor de un buen chico le enseña en el futuro cómo sacarle partido a esos dos contendientes de su ser más profundo.

Mientras tanto, le presto todas las noches a mi ángel de la guarda, que es un centurión romano de mucho músculo, mucha inteligencia y mucha bondad, un san Jorge matadragones, un superhéroe cargado de gracia y energía para que le mate los monstruos de las pesadillas. Me lo imagino bello y fuerte blandiendo en el fornido brazo una flamígera espada y atravesando con ella a ese monstruo peludo de un solo ojo que tiene uñas de acero y a esa babosa descomunal y azul y ese otro bicho rarísimo que no sé cómo se llama ni qué hace pero que es feísimo... A veces, sin embargo, los monstruos son tan horribles, tan espantosos, tan innombrables, que mi ángel y el suyo, con ser centuriones y diestros en la espada, no pueden con ellos, se asustan, retroceden y no tienen más remedio que despertar a la niña y entonces la niña despierta con sus propios gritos y sólo así, bajo mi abrazo protector, desaparecen para siempre o hasta el próximo sueño esos engendros que los ángeles no pudieron vencer con su espada. ¡Cuántos monstruos tienen que lidiar los niños en la soledad, monstruos ante los cuales los adultos palideceríamos de canguelo!

Si yo fuera maestro de sueños, dejaría vivir sólo a los monstruos que en el fondo son buenos, esos que, cuando nadie los mira, se embelesan ante una flor y quisieran ser como ella, esos monstruos que, como el de la Ópera o el del cuento de la Bella y la Bestia, se rodean de belleza para compensar su fealdad. Pero esos monstruos que odian la belleza simplemente porque no la tienen, los violadores de la inocencia y la pureza, las bestias que aplastan a sus cachorros, los que se ríen de los que viven la vida sin sus retorcimientos, las arpías que ensucian con sus heces la comida de los invitados a las bodas, los raptores de doncellas, los que envidian el amor de Desdémona, los que disfrutan con la locura de Ofelia, los que quieren atado y loco a Segismundo, a todos esos los metería en el agujero negro del culo del Universo, para que fuesen engullidos por la Nada, la única que es más espantosa que todos ellos.

26 abril 2007. Cilindrín III:
Varias veces al día, cuando les visita la inspiración, mis hijas me dan un abrazo entrañable mientras me dicen: “¡Gracias por no fumar!” y yo me dejo abrazar con un nudito en la garganta y hundo mi nariz en su pelo limpio y perfumado. Las dos compiten en darme esos abrazos y yo lo aliento afirmando que, gracias a ellos, tengo muchas más fuerzas para no fumar.Ellas están impresionadas con el concepto de adicción, que les tuve que explicar para que entendieran por qué me había costado tanto tomar la decisión de dejar el tabaco. Ayer pasé delante de un estanco e hice amago de entrar, como si una fuerza superior a mí tirara de mí y mi hija menor se puso delante de mí y sin mirarme a los ojos, sino a mi pecho, gritó con una voz ritual y poderosa: “¡Cuerpo de mi padre, no fumes!”. Y con esa simple frase me enseñó que no soy yo quien realmente quiere fumar, sino mi cuerpo, que es más débil y tonto que yo y se ha dejado engañar por la nicotina y ahora está intentando embaucarme a mí.
¡Enseguida lo van a consentir mis niñas!

18 abril 2007.El cilindrín. Desde que he dejado de fumar, sufro de cierto cacao mental y no me aclaro. En principio he dejado de fumar para ser más libre, pero, claro, también sería más libre si no dependiera del café ni del chocolate ni del té ni de la hipoteca. En fin, sería más libre si estuviera muerto. Así que en realidad no fumar, ser más libre de la nicotina, es estar muerto, porque estar vivo es depender de cosas, desearlas, no ser libre. Entonces, para rebatir ese argumento esgrimido por mi necesidad de nicotina, me digo que en realidad es mejor depender, por ejemplo, de todos los caramelos sin azúcar, de todas las botellas de agua y de todos los tés con bergamota que me estoy tomando para quitarme el mono. Pero no deja de ser una dependencia monjil y mariconil. Un tío de pelo en pecho depende del ron y del puro, no de los zumos de fruta ni de los caramelos sin azúcar. ¿Acaso uno le cuenta a un amigo una confidencia convidándolo a un bifidus activo o a un acuarius? ¿Hay alguien en el mundo que pueda establecer una mínima complicidad tomando caldo de acelgas con su amante? Pero a la vez me da un miedo horrible de morir de cáncer o de enfisema. Soy un cagao. Debería hacer como el superhombre de Nietzsche, debería importarme un rábano la salud, debería apostar por hacer con un buen par lo que me saliese de la punta. Debería.    Debería dejar de pensar en todo esto y llevar a mis hijas al parque y consolarme pensando que también es de superhombres nietzscheanos ser sobrios, austeros y recios y no depender de un cilindrín que deja los dedos sucios y el pulmón hecho un asco.    A propósito, el miércoles no pude resistir y me fumé un pitillo con mi amigo José Julio Cabanillas. Ésa es mi perdición: los amigos

17 abril 2007. Otra vez la nicotina.El diecinueve de marzo, día del padre, les he prometido a mis hijas (y lo he anunciado a bombo y platillo porque no me fío de mis fuerzas) que dejo de fumar. Me queda día y medio de vicio y estoy fumando más que nunca no sé si para tomarle asco al tabaco o porque me no me da asco ninguno.Como asocio el tabaco a momentos y sensaciones agradables, me he tenido que pertrechar de argumentos salvíficos para ametrallar a la nicotina cuando ésta me tiente. Pongo a continuación sólo los que se pueden decir:-Si te gusta tanto la vida, ¿por qué invertir en muerte?    -Acuérdate de que mañana por la mañana estarás contento de no haber fumado ayer por la noche. Acuérdate de que por las noches te entran ganas de ser malo, pero que por el día siempre te arrepientes.    -Tú tienes más cojones que ganas de fumar.    -Elimina la adicción y dejará de ser un placer.    -La verdadera libertad consiste en hacer cosas que te mantenga sano para hacer otras.    -No le des al monstruo de la nicotina su alimento, que es tu veneno.    -¡Aguanta dos minutos! Pasará pronto. En fin, a ver cómo me va. Me encantaría ser de esos exfumadores que miran el tabaco con indiferencia. No están aquejados del furor antinicotínico del converso ni del síndrome del abstinente, pero me temo que engrosaré la fila de uno de estos dos últimos grupos, así que tendré que fingir indiferencia para al menos parecer que pertenezco al primero. Hidalguía hasta la muerte.

14 enero 2007.Una vez me vio una compañero fumando y, decepcionada, me espetó: "¿Tú fumas? Parecías buena persona". Desde entonces fumar me gusta más que antes, a ver si así compenso esta cara de bueno.    Se está extendiendo la idea de que fumar no es sólo malo para la salud, sino también malo para la moral. Es el pecado del nuevo puritanismo higiénico. La ley antitabaco refuerza este puritanismo cuando prohíbe que en los lugares de trabajo se habilite una zona para fumadores. Eso obliga a los fumadores a saciar su adicción en la calle, lo que la convierte en una adicción menos respetable, más indigna.    Todas las épocas tienen sus contradicciones. Por ejemplo, mucha gente ha alabado a esta señora de 67 ajadas primaveras que se ha quedado embarazada de mellizos con dos óvulos que no son suyos (y no sé si los espermatozoides son de alguien conocido). Eso sí, si cuando está embarazada fuma, ¡menuda irresponsable

13 enero 2007.Era un niño de apenas cuatro añitos con alguna extraña enfermedad. Tenía el rostro pálido e inexpresivo, no hablaba. En la oscuridad de la tarde de invierno, bajo la pobre luz de las farolas del parque, perseguía a mi hija. Y mi hija lo rehuía de tobogán en tobogán, porque, a decir verdad, el niño tenía todo el aire de un espectro.    Me dio lástima ese niño buscando torpemente la amistad. Me pareció un cruel destino que un buen corazón como el suyo no tuviera un buen cuerpo como el de los demás niños, que no querían jugar con él porque le tenían miedo, porque no era como ellos.    Cuando sea más grande, tendrá que ser más bueno que los demás para no caer en la trampa del resentimiento contra un mundo que le da la espalda.    -Alejandra, anda, juega un poco con ese niño. Te sigue los pasos porque no sabe explicar de otra manera que quiere ser tu amigo.

13 enero 2007.Medio hombre .Mi padre, exagerando un poquito, sólo un poquito, solía decir que entre él y sus seis hijos sumábamos dos metros de picha. De todos los que contribuimos a esos dos metros sólo uno ha hecho la mili completa. Otro la hizo hasta la mitad, porque tuvo que cuidar de su hijo recién nacido. Otro se libró por excedente de cupo y los tres menores nos hicimos objetores, pero no por razones de conciencia, sino porque no nos gusta el ambiente cuartelero. Un hombre de mi edad, es decir, con ...ta y pico años, que no ha hecho la mili sino la prestación social sustitutoria, y que no tiene carné de conducir, es medio hombre según muchas personas, porque yo no tengo una foto vestido de soldado para que mis hijas estén orgullosas de cuán valerosamente serví a la patria, y en la foto de mi primera comunión tampoco estoy muy valeroso que digamos. Si al menos ejerciera de macho conductor... pero no, soy un sufrido peatón y asiduo usuario de autobuses.    Un siglo de estos voy a tener que hacer como un amigo: sacarme el carné en Marruecos, donde todo es más fácil, más barato y más venal, o en Miami, donde todo cuesta diez euros. Luego vuelvo a España y me lo convalidan. Y así me puedo olvidar ya del carné de toda la vida y no tendré que soportar las caras de indignación de la gente cuando se enteran de que no sé conducir ni tengo intenciones. Incluso los alumnos respetarán más mi autoridad.    Yo el coche sólo lo quiero de tarde en tarde para ir a sitios a los que el bus no llega, por ejemplo, a ciertas playas. Pero tengo la suerte de que a esas playas me llevan personas que me quieren y yo les pago allí como buenamente puedo haciéndoles lo que ellos quieran: un masaje, el calvo, un collar de conchas... en fin, lo habitual.    Así que para proclamar mi condición de hombre completo tendré que meterme a judo o a aikido o a algo así o a torero, cazador de osos borrachos, boxeador, ballenero, domador de leones, gigoló de señoras maduras... cosas que no se llevan pero que son sin duda de machotes.

12 enero 2007.Víctima de mis propios prejuicios    Pues resulta que, después de haber escrito el Topicario, un libro destinado a desmontar mediocridades y prejuicios, me doy cuenta de que, por más que pretenda erradicar los prejuicios, los tengo. Por ejemplo, si voy a ver una peli iraní que me han recomendado mis amigos culturetas, me siento más inclinado a valorarla bien aunque sea mediocre que si la peli es norteamericana e igualmente mediocre, o sea, que el cine norteamericano está obligado a ser mejor que el europeo y el de otras partes del mundo para ser bien considerado. A pesar de que en Europa le ponemos al cine norteamericano el listón más alto, siempre lo supera y los que se dan cuenta de esto, como yo ahora, se vacunan de pronto contra ese prejuicio tonto. Por supuesto también existe el prejuicio contrario: que sólo es bueno el cine norteamericano. Este último prejuicio, a pesar de que es corroborado por la realidad más veces que su contrario, está más extendido entre la gente que ama el cine sin más que entre los culturetas entre los que desgraciadamente me encuentro.    Y después de esta reflexión sapientísima y quintaesenciada me voy a echar una siestecilla. Un abrazo, amigos.

8 enero 2007.Cuando tienes niños pequeños, descubres que los mendigos más desharrapados les sonríen y que de buena gana les harían carantoñas, pero no se atreven porque están sucios y saben que a nosotros, los padres, no nos va a gustar. Te dicen cosas como "¡Qué niñas tan lindas! Que Dios las bendiga. Que tenga usted mucha salud para criarlas" y no te piden dinero, para dejar claro que lo dicen no para llenar su bolsillo, sino porque les sale del corazón postrarse ante la belleza y la inocencia. Los mendigos también tienen su dignidad y saben que los niños pequeños la reconocen, porque aún no tienen nuestros miedos, prejuicios y aprensiones.    Sin embargo, hay otros pedigüeños del mundo alternativo que van con el perro y la flauta y se te pegan para tocar una melodía que no has solicitado. Miran a las niñas para arrancarles una sonrisa y así justificar el pago que tendrá que hacer el pago. Yo siempre pago. Pero no deja de ser una especie de miniexplotación infantil.    Luego están los rumanos. Cierta vez, en una heladería, había uno sentado en la mesa contigua a la nuestra y ni corto ni perezoso, tal vez para que el camarero no lo echara por no pedir ninguna consumición, se puso a hablar con mis hijas, a hacerles carantoñas, a decir cuánto le gustaban los niños, que él tenía cuatro niñas tan guapas como las mías... Pero era tan exagerado en sus piropos, que yo no sabía qué decir. Quizá en su tierra son así de exagerados. El camarero me miraba como pidiéndome permiso para echarlo. Y yo no sabía qué hacer. El rumano era un hombre de mi edad, vestía bien dentro de su pobreza y me ofreció un marlboro que yo rechacé para no darle cancha. Y entonces, después de saludar a mis hijas, se levantó y se fue y yo me sentí miserable por no haber estado a la altura. Yo tenía miedo de que me contara su vida o me pidiera dinero y siguiera tocando la cabeza de mis hijas con esa familiaridad que quizá sea propia de la gente de su tierra. En fin, que lamento el trato no demasiado cálido que le di.    Ir con niños por la calle te enseña un poco más de la condición humana. Por ejemplo, las mujeres, cuanto más mayores, son las que más se detienen a hablar con mis hijas, a preguntarles sus nombres, a decirles qué guapas son y esas cosas que a uno lo ponen tan ancho. Después de las mujeres, las que más se fijan son los hombres mayores y por último las adolescentes. Para los adolescentes varones los niños pequeños apenas existen, a no ser que, como me ocurrió una vez, mis hijas se detengan ante unos porretas y digan señalando con ingenuidad: "Mira, unos nenes". Entonces los porretas reparan de pronto en ellas y les sonríen.    Sonreír ante un niño es como creer aún que la Humanidad tiene salvación, que antes de que nos saliera el bozo y pelo por ciertos sitios éramos buenos todavía. Alguna vez los porretas, los mendigos, los rumanos, los ancianos y los pedigüeños alternativos fueron niños y añoran la pureza.    ¿Y qué contaros del parque? En el parque uno encuentra de todo. Las tatas hispanoamericanas hacen tertulia en el banco. Algunas prestan poca atención a los niños que cuidan y otras son más diligentes que las madres mismas. Son educadas, tiran las cosas a la papelera, tienen a los niños vestidos como angelitos y se nota que los demás niños también les gustan, mientras que a muchos padres españoles se les nota que sólo les gustan los suyos y que los demás les parecen todos unos maleducados. Viendo a los padres actuar en el parque, uno comprende por qué el mundo es como es. Cuando hay cola para montarse en el columpio, hay padres y madres para todos los gustos: está la que, con civismo, en seguida baja a su niño del columpio porque hay cola y está la que empuja a su hijito bienamado en el columpio hasta que el niño se cansa y no le importa un rábano la cola de niños que con paciencia y civismo espera su turno. Lo peor es que esos padres no se dan cuenta de que los niños le están dando ejemplo, que esos niños aún creen en las personas, en que las personas son buenas y no se les ocurre pensar que esa señorona o ese señor que empuja con predilección a su hijo en el columpio es un egoísta de tres pares de narices.    También está el padre que, desde que llega al parque, se pone a leer el periódico sin levantar la cabeza mientras su hijo se dedica a hacer el bestia y a tirar chinos a los demás. Cuando el padre acaba el periódico, ya ha cumplido con su deber y se lleva al niño a rastras. En el extremo contrario está el padre pedagógico que sobreestimula al niño y se pone a jugar con él en vez de dejarlo que juegue con los demás niños.    Pero, en general, los padres son buenas personas y por eso el mundo, mal que bien, sale adelante.

8 enero 2007. Con la novela y el ensayo no había escrito poesía desde hacía casi un año. Pero esta navidad he vuelto a escribir poesía. Se trata de cuatro sonetos. Dos me parecen buenos y dos malos. Pero los cuatro me gustan. Los dos buenos los dedico a los dos ecuatorianos asesinados por los cerdos en la T-4. Lo único bueno que tienen los cerdos es que nos hacen caer en la cuenta a las personas de que cualquier víctima, aun cuando fuese un cerdo, es una persona y que esa persona podía haber sido yo.    Cuando los cerdos matan a las personas, yo me cabreo más que cuando las mata el tsunami o la carretera o un drogata con el mono, porque en esos tres casos el causante de la muerte o es involuntario o tenía las facultades mermadas, mientras que el cerdo está en pleno uso de sus facultades y justifica la matanza con una lógica perversa, la lógica del inquisidor, del ideólogo.    En fin, a estos dos mozos les dedico mis sonetos de amor en la playa, para animarlos un poco allá donde estén

16 noviembrebre 06.
Es frecuente distinguir entre literatura pornográfica y literatura erótica. La primera sería explícita y obscena y la segunda sugerente y elegante. Pero puede haber literatura pornográfica bien escrita e inteligente y literatura erótica mal escrita y tonta.Por ejemplo, el Centón Nupcial de Ausonio es literatura pornográfica inteligente. Ausonio era un poeta romano cristiano que cambiando de orden ciertos versos de la pulcra Eneida relata unas relaciones sexuales muy completas que lo ponen a uno como un torito.Eso sí que es un mérito: hablar de lo que todo el mundo hace en la cama con pelos y señales y gustar y sorprender con un tema tan manido. Si Ausonio hubiera hecho un Centón erótico, sería sencillamente aburridísimo. Venus con velos, mala cosa.

30 octubre 06.
En la magnífica película Reina de África, Humpfrey Bogart justifica su borrachera alegando que así es la naturaleza humana. 
   -La naturaleza es precisamente lo que aquí hemos venido a superar -le replica Katherine Hepburn con su belleza de porcelana. 
   A mí me enseñaron lo mismo que a ella: el hombre es más digno que el resto de los animales porque tiene la capacidad de superar la naturaleza. 
   Sin embargo, los hombres mostramos una pertinacia de asno en destrozar la naturaleza o en dejarnos arrastrar por ella en vez de, sencillamente, superarla. 
   Por eso estoy cansado de bregar con mis congéneres. Hoy he visto demasiadas peleas, demasiados escupitajos, demasiados políticos matando periodistas, como para seguir encontrándome a gusto en este mundo. 
   No es que yo tenga las manos limpias, sino que me da asco que haya tantos que no sepan que las tienen sucias. 
   Menos mal que cuando llego a casa mis hijas me dejan en las mejillas dos besos como estrellas y me preguntan cosas como por qué existen los mofletes o cómo va a ser posible que Dios lo haya hecho todo sin que nadie lo haya hecho a Él. 
   A ellas también las veo lidiar con su condición humana y esa lucha las embellece aún más a mis ojos. 
   Si yo no fuera padre, sería misántropo.

Lo que dura un pitillo   
   Tras la misa de aniversario por el alma de mi padre, toda la familia se saluda y se besa y se cuenta las novedades en el atrio de la iglesia. Un sobrino adolescente que me saca varios palmos de estatura me declama su último poema en busca de consejo. Es un poema fresco, de admiración ante la belleza. Le corrijo sólo una palabra. Seguro que la chica que se lo ha inspirado no se imagina el íntimo anhelo, la contemplación ferviente que un joven poeta le dedica. Ya hubiera querido yo escribir tan bien a su edad. 
   Luego todos nos vamos a la casa del campo para la fiesta de disfraces, menos mi madre, que prefiere quedarse en casa bordando.En medio de la fiesta, salgo un momento al jardín con mi disfraz de patriarca gitano para fumarme un pitillo y los veo a todos a través del cristal disfrazados y felices, mientras el recién casado de la familia cuenta las penalidades que pasó para montar el piso. Tres generaciones de Cottas se ríen con él. Ahí está el hombre chamuscado por el rayo, el forzudo del daguerrotipo de los años veinte, con su bigote retorcido. También está Pippi y Betty la Fea y las tres Supernenas y Bugs Bunny y una bruja y un demonio y dos indios y un duendecillo verde y una princesita y una diosa griega y, por supuesto, Travolta y Olivia Newton John. Los mellizos, con su medio año cada uno, están también disfrazados. Adolfo de diablillo; Victoria, mi ahijada, de ángel. Yo me sujeto la melena de la peluca con una gomilla, con el gesto de quien la ha tenido toda la vida. Es un alivio no tener que peinarme esa melena negra a lo Farruquito todos los días, pero una ironía tener el cráneo pelado cuando aún no me he convertido en una calavera. 
   Mis problemas se diluyen en varias copas de rioja. Sé que mañana me tendré que enfrentar a las bestias, pero eso es lo bueno que tiene el alcohol: con él todo pierde su importancia. Ahora tengo treinta y ocho años y sigo sin entender el mundo. Las nubes tapan todas las estrellas, pero abren un hueco redondo para mostrarme la luna. Hace tres años que murió mi padre.
   Jesús, ¿qué haces ahí solo? Anda, vuelve al bullicio. Llena otra vez tu copa, que va a empezar el karaoke.

29 octubre 06.
   Cuando les explico a mis alumnos que según Aristóteles la vida contemplativa del intelectual es la más humana y más noble, se echan a reír, porque la evidencia les muestra que sólo unos pocos de los millones de criaturitas humanas del orbe tienen como supremo objetivo el arte y la cultura. 
   Como ahora todo el mundo estudia por obligación, se crea el espejismo de que la cultura es valorada, pero lo que es realmente valorado es adquirir un título para poder trabajar y dedicarte a comprar coches, modelos de ropa y móviles, pero no libros. Qué le vamos a hacer. Así es nuestra condición. 
   Ese desinterés masivo por la cultura no se puede achacar a la miseria, al menos en Europa, porque los occidentales tenemos bastante lleno el pancho y por tanto nos podríamos dedicar a asuntos más altos. Pero, qué va, una vez lleno el pancho, queremos llenar el armario, pero no la cabeza. 
   Es una pena, porque somos seres místicos, como decía Chesterton, y los seres místicos no son felices llenando tan sólo panchos, armarios y monederos. No sólo de pan vive el hombre. Aunque no exista la eternidad, estamos llamados a la eternidad. Por eso los temas recurrentes de la poesía son el amor, la muerte y lo sagrado. Si negamos esos tres elementos, queda una poesía fofa y fatua que no hay quien se lea. 
   En fin, que estoy hoy un poco pesimista.

9 octubre 06.    Los centauros

          Nacieron sin concurso de las Gracias;
de ahí su inclinación a la barbarie,
que algunos refinaron hasta el punto
de convertirla en pura astronomía
y en eso se parecen a los hombres.
            Hablan un griego lleno de homerismos
y tienen doble corazón, dos sexos.
Guerras hubo en que el hombre a su caballo
sintió morir con flechas imprecisas,
desgracia que ellos llaman media muerte.
            Siempre jóvenes, mueren, sin embargo,
por falta de praderas o alimento,
pero éste no consiste en luz de estrellas,
como dicen. No hay más que hurgar su estiércol.
            Sus hembras se extinguieron tras volubles
cópulas con caballos o con burros.
Algunas engendraron nobles bestias,
Babieca o Gengis Kan sin ir más lejos.
            Me dan pena los machos, condenados
a buscarse un consuelo ignominioso,
que no consiste, contra lo que dicen,
en violar a mujeres como a yeguas.

7 octubre 06.
   Yo no sé por qué demonios escribo. Estoy siempre con la cabeza en las nubes y en vez de aprovechar las colas de tiempo para ver la tele, dar un paseo o navegar por la red o sencillamente perder el tiempo en vivir, me lanzo al portátil a escribir no sé qué frase, no sé qué idea que al día siguiente me parecerá una necedad. Y luego, al cabo de un año dándole vueltas al mismo argumento sin saber cómo solucionarlo, me doy cuenta de que no funciona. Pero eso no es lo peor. Lo peor es no darte cuenta de que no funciona. Total, para que al final alguien deje de leer la novela a la segunda página porque no le gusta o no vale la pena.
   Quizá yo sea escritor para ser en mi realidad virtual y paralela otras cosas que me gustan más: arponero, torero, timonel, domador de caballos, submarinista, ministro de la guerra... Ah, entonces yo sólo escribiría al final de mis días, cuando ya sólo me queden en los brazos fuerzas para escribir y no para arponear ballenas ni clavar estoques. Las memorias escritas por un gigoló al final de sus días siempre son más sabrosas que una novela sobre gigolós escrita por un ratón de biblioteca en la plenitud de la edad.

2 octubre 06. El tabaco
   El otro día le dije a un amigo: La libertad es más importante que la salud. Y él me dijo que ésa no era más que una machada en la que yo realmente no creía. “¡Lo que te hace decir la nicotina!”, añadió. Pero sí creo en ella. Si el Estado prohibiese el alcohol, el tabaco, el café, la cocacola, el chocolate y todo tipo de drogas y sustancias adictivas y nos obligase a todos a guardar la línea y a hacer deporte y a dormir ocho horas y a no trasnochar, seríamos todos unos esclavos muy sanos y nos moriríamos todos muy sanos. Sería como vivir en un convento de cartujos, pero mientras que los frailes son austeros y sanos voluntariamente y por Dios, nosotros lo seríamos involuntariamente y por el Presidente, a quien los dioses confundan.
    Y es que la libertad es la mejor conquista. Más importante que la comida, que la salud, que la igualdad y que el trabajo, es la libertad, porque la libertad te permite conquistar tu comida, tu propio espacio íntimo de igualdad y todo eso si tú quieres.
   El caso es que guardo con el tabaco una relación conflictiva, como una amante que sé que me va a destruir pero que en la cama es tan buena que soy incapaz de no visitarla por las noches. “Mañana cortaré con ella”, me digo siempre, para lo mismo responder mañana.

21 setiembre 06. El mar y el deseo
  Si se anda lo bastante, uno encuentra siempre playas solitarias. Y, entonces, toda su rubia arena se te ofrece como lecho y toda su agua como jacuzzi y todo su firmamento de nubecillas y gaviotas te vuelve vertical y transparente y uno repara mejor que nunca en la bella redondez del planeta.
   Hay que tener la previsión de no ir solo, sino en amor y compaña, porque el mar se te mete dentro como un poderoso afrodisíaco y sería una pena no compartirlo. Es muy importante llevarse unos buenos bocatas de jamón y, por supuesto, agua helada y fruta fresca, como melocotones y uvas moscatel o tomatitos de cereza. Así se pueden compartir como pichoncitos y cada uva se paga con un beso. Eso sí, nada de prensa ni letra escrita, para que no haya otra cosa donde poner las manos, los ojos y los pensamientos que la luz del mar y de los cuerpos. Si acaso, una cámara digital para una sesión de fotos eróticas.
   Ah, entonces uno se deja penetrar por la mirada y por la brisa, regresa a la inocencia del niño, al deseo fulminante del adolescente que acaba de descubrir fascinado las posibilidades del petting. Y cuando, cogidos de la mano o de donde sea, se zambullen en el agua, los cuerpos recuerdan la época en que aún flotaba uno en el líquido amniótico, protegido por el amor incondicional de la madre, aquella perdida sensación lunar de flotamiento y suavidad. Pero ahora uno ya no es un niño y cuando sus manos recorren como peces un cuerpo que no es el suyo o unos peces que no son suyos lo recorren a uno, todo es turgente, rojo y delicado como un coral, y los movimientos y las posturas que en tierra firme nos agotan, allí son tan fáciles como silbar con despreocupación y las sensaciones tienen un no sé qué que de aleteo purificador.
   Y, luego, hala, uno echa a correr por aquellas soledumbres en busca de conchas con que hacerle un collar a quien tanto quiere, y ve saltar los peces de plata y romperse las crestas de espuma y, cuando más acalorado está uno, se reboza en la cálida arena de oro y luego se tumba en cruz y boca arriba en la orilla, donde te besen las olas, y entonces, con un poco de suerte, cuando menos te lo esperas, puede que te cubra por sorpresa una agradable sombra y deje caer sobre tu frente sus cabellos mojados y sus gotas de sal te perlen la frente y tú le muerdas esos labios que te dicen cosas bonitas y atrevidas y pruebes otra vez ese cuerpo amado que sale del mar salado y fresquito para que tu lengua lo vuelva dulce y calentito. ¡Qué tremenda explosión de neuronas y corazones es enlazarse recién salidos del mar, encontrar el cuerpo de la persona amada sobre la arena abriéndonos los brazos, las piernas y los labios, recibir de su melena perlas de sal marina y participar con ella del éxtasis cuyas fuentes brotan de nosotros mismos y no de una pastilla!
    Y como después de eso uno no tiene otra cosa que hacer, acaba tributando al sol otros copiosos sacrificios. A veces, en los entreactos, pasa un nudista solitario o un barco de pescadores. Entonces uno mira con discreción y se deja mirar y, de nuevo, la soledad compartida con el otro y sus encantos.
    Y al atardecer uno regresa feliz y pasa por las zonas más concurridas y allí ve todo tipo de cuerpos que muestran con una discreción natural que ellos no se amoldan a los centímetros que deben medir los miembros ni a los gramos que deben pesar los cuerpos, sino que ellos son como son y están contentos, que ellos son más importantes que los cánones dictados por unos diseñadores soeces que supeditan el valor de la persona a sus quilos y centímetros.
    Gracias, mujeres, por lucir vuestras caderas anchas y vuestros pechos sometidos a la ley de la gravedad, como todo lo hermoso, por no quitaros en el quirófano volúmenes que os masculinizarían; gracias, varones, por mostrar vuestros culos peludos y vuestras panzas, por no depilaros como niñatas. Gracias a todos, estatuas griegas, Venus de Willendorf, cuerpos de corredores, cuerpos de sementales, cuerpos de matronas, cuerpos de vírgenes... gracias por ser todos distintos y no sentir vergüenza por ello, gracias por enseñarnos que uno se enamora de personas reales, no de modelos ideales, gracias por saber cuándo os podéis librar momentáneamente de vuestro pudor y mostrar con esa desnudez que la dignidad no está en los miembros, sino en las almas. Vosotros sois la belleza real. Lucidla al sol para que yo me pasee entre ella, de la mano de quien amo, cuando el crepúsculo se derrama como una miel sobre vosotros.
    Ya sólo queda, antes de la vuelta a casa, pasar por el Rocío y saludar a la Señora. Y en casa nos quitamos la sal, nos hartamos de gazpacho y uno se duerme como un niño bueno que ha hecho los deberes y recibe el beso de su padre en la frente. Y al día siguiente uno acude al trabajo con el pecho henchido y con una sobredosis de gracia y de dones.
   Un universo con esas playas rubias no puede ser malo, no debería haber en él suicidas ni asesinos              
  Cuando los problemas me acucien y el trabajo me deprima, me acordaré de esos días luminosos, de lo feliz que puede llegar a ser un hombre en esta tierra como Dios lo trajo al mundo.

20 setiembre 06. Siempre me ha sorprendido la despreocupación con que los americanos comentan sus opiniones políticas o religiosas. Como nunca se han matado por ellas (y ese mérito hay que reconocérselo a cualquier país que lo tenga), nadie es sospechoso. Aquí, sin embargo, la sombra del ciprés es alargada y somos más cautos a la hora de exponer nuestra ideología y decimos que no nos interesa la política, porque sabemos que, si nos ponemos a hablar del asunto, nos tiramos los trastos a la cabeza.    Si en otros países se considera que lo importante es que cualquier persona tenga sus ideas políticas, sean cuales sean, porque, si no, la democracia no funciona, aquí se considera en general que el que tiene unas ideas contrarias es tonto o malo y lo llamamos facha o progre y despreciamos así a la persona, porque la reducimos a sus ideas.

7 setiembre 06. El animal que llevo dentro.
    Acabo de soñar que tenía que buscarme casa en una ciudad extraña, donde había revueltas callejeras y la gente me miraba con recelo y mis pocos amigos habían desaparecido o me cerraban sus puertas. Yo deambulaba por la calle sin saber qué hacer cuando de pronto me dieron una patada en la espalda. Miro hacia atrás y me veo un tiparraco muy mal encarado que me mira desafiante. Pienso en cambiarme de acera para evitar problemas, pero luego cambio de opinión y me propongo escarmentarlo con el ojo por ojo. Para justificarme me digo: “Si no me vengo, este acto quedará impune y eso es más injusto que vengarme”. Y le he propinado una patada tal, que me he despertado de mi siestecilla. La mesita y el café que me estaba tomando se han caído al suelo y me lo han puesto todo perdido. Aun así, qué liberación esta actividad de la patada al malo.

 

3 setiembre 06. Mi amigo Sergio está en Alemania por cuestión de amores y me envió una foto de un bosque nevado. "¿A que es fácil imaginarse aquí hadas y elfos?", me decía. Y la verdad es que sí. Frente a las encinas mediterráneas y retorcidas, aquellas hayas, aquellos abetos nevados tenían algo de hogar de elfos y gnomos nórdicos. Pero yo prefiero los centauros y las ninfas y las náyades y las dríades y las amazonas a los elfos y las hadas. Mi imaginario se quedó anclado en el Egeo. Las ninfas van ligeras de ropa, mientras que las hadas tienen que ir embutidas en piel de oso para protegerse del frío. ¿Y qué me decís de ser un centauro? ¡Ah, tener la inteligencia de un hombre y la potencia de un corcel! Si yo fuera un centauro, me sería muy difícil no raptar a una de esas ninfas y montarla en mi lomo y llevarla hasta el río para hacerle una guirnalda de flores y comérmela luego en su mano. Si ella no me ofrece más, yo no insistiría, que soy muy caballero. Las hadas, sin embargo, a poco que te descuides te convierten en una humillante rana y los elfos y los enanitos son muy aburridos: todo el día contando las monedas de sus tesoros escondidos.¿Y qué me decís de ser un fauno, tocar la flauta entre ovejitas blancas y participar en las orgías de Dioniso en las cumbres de las montañas? Sí, Sergio, es precioso el bosque, pero lo malo es que nosotros los faunos tendríamos que romper primero el hielo de sus ríos para poder darnos un chapuzón con las náyades y jugar con ellas al escondite y al pilla pilla y se nos congelaría el pipí y entonces echaríamos tanto de menos las palmeras de Elche, las encinas del Peneo y los olivos de Delfos, que se nos quitarían las ganas de jugar con las ninfas y, entonces, ¿para qué querríamos tantos árboles soberbios y fríos?

1 Septiembre 06.
El último día del verano, en el campo, mi madre me señaló en el cielo estrellado una estrella muy brillante sobre una montaña y me dijo: "Cuando se moría, mi padre, tan joven, le dijo a mi madre que ese lucero sería él que venía a ver a sus niños". Mi hija me preguntó cómo se llamaba la estrella de la abuela y nos pusimos a buscarla en un planisferio. Y creo que he dado con ella: Arturo. Pero para mi hija es la estrella del abuelo, es decir, de ese bisabuelo que murió más joven que yo justo antes de la guerra sin ver crecer a sus hijos.   
Ahora no puedo evitar buscarla en el cielo cada noche y me pregunto si será verdad que de algún modo él está allí. Y he pensado adoptarla yo también. Esto es lo bueno del pensamiento: que recorres en un segundo millones de millones de años luz para charlar con ese abuelo siempre joven. Ni la luz es tan rápida ni nada que se me ocurra del universo.     Muchas veces cierro los ojos y me pongo a imaginar las formidables nebulosas, las explosiones de las supernovas, la coquetería de las enanas amarillas, el terror de los agujeros negros, los periplos cíclicos de los cometas... Quizá por eso me gusta tanto Stanislaw Lem, que me recomendó el capitán Malayerba, porque lo grandioso de sus novelas no es la maquinaria sino el asombro ante la infinitud incomprensible del cosmos. Y ese asombro es lo común a todos los mortales.    
En esos pueblos donde el tren pasaba con tanta frecuencia como el cometa Halley y era imposible verlo dos veces en una vida y donde los hombres sólo tenían una camisa blanca, la de su boda, y era la misma que se usaba para su mortaja y en esos observatorios con los telescopios más potentes, lo común a todos los observadores, sean niños o Reyes Magos, es el asombro de las estrellas. Por eso, a diferencia del amor, las estrellas son de esas palabras que no se desgastan en un poema.   
Treinta y tres años es una buena edad para adoptar un astro. Felicidades, Capitán Malayerba.

18 Agosto. La estatura de Aquiles
  
Ser más bajo que su propio padre en una familia de siete varones es más grave para un hombre que para una mujer estar gordita, porque, por mucha dieta que uno haga, jamás contemplará el suelo desde mayor altura, a no ser que uno sea capaz de elevarse del suelo tirándose para arriba de los pelos. ¡Cuántas horas hemos llorado mi hermano Alfonso y yo de niños pidiéndole a mi madre pastillas para crecer! Gracias, madre, por habernos dado pucheros y bocadillos de jamón en vez de empastillarnos.
   En Grecia mi amigo Panos me hizo tomar conciencia de que yo, como él, pertenecía a la clase de los bajitos. Y me dio un truco y un consuelo. El truco era andar erguido: así uno parece diez centímetros más alto. Y el consuelo consistía en pensar que los héroes homéricos, según la arqueología, no eran más altos que nosotros dos: en aquella época habríamos pasado por altos. Lo malo es que en esta época Aquiles es Brad Pitt.
   Ser bajito tiene dos ventajas: ser más manejable entre los brazos fuertes y largos de las amazonas y más llevadero cuando te sacan a hombros por la Puerta del Príncipe. Lo demás son inconvenientes, que se resumen en uno: cuando hay algo interesante que ver, siempre hay un alto que se te pone delante y te lo tapa.
   Sólo por eso, ¡cuánto me gustaría tener que agacharme para besar las mejillas de las señoras o para pasar bajo los dinteles de las puertas o para que el Papa me corone emperador!
   Pero, en fin, este cuerpo mío, con ser chico, me da muchísimas satisfacciones: se porta conmigo mucho mejor que yo con él. Y, la verdad, no sé si merezco tanto.

7 Agosto. Las estrellas
Aquí estoy, ante mi portátil, en la terraza de mi casa, bajo el firmamento y la luna creciente. 
  Son las cuatro de la madrugada y las ideas se me despiertan en la cabeza mientras todos duermen, tengan o no la conciencia tranquila. Escribo con un café a la derecha y un pitillo recién liado a la izquierda. Menos mal que no me ha dado por asociar la escritura con drogas más duras.           
 Este placer estival de escribir en la quietud de la noche y a la intemperie, con la única compañía de los grillos, es nuevo en mí. En realidad, yo rindo más al amanecer, con las erecciones matinales, hasta que empiezan a estridular las cigarras y las moscas a picotear.
  Pero no sé qué me pasa este año que las musas me visitan de noche para conducirme con sus manos blancas a regiones interiores que yo ni sospechaba.
  Hay placeres más grandes e intensos y plenos que éste de escribir bajo las estrellas, pero se necesita al menos una persona para poder gozarlos. Además, en agosto, hay muchas estrellas fugaces preparándonos para las Lágrimas de san Lorenzo, y me estoy dando un lote de pedirles deseos. Formularlos es ya el primer paso para que se cumplan.
  Me siento como Dios en la noche de la Creación, sólo que mi obra es infinitamente más modesta. Si de su mano brotaban chispas y estrellas, de la mía sólo salen palabras. Y las palabras, por muy bellas que sean, valen muchísimo menos que estas estrellas indiferentes y lejanas que tanto me inspiran.

1 Agosto. Mi padre. Siempre me llamó la atención un hecho tan trivial como que mis padres se llamaran por su nombre de pila. Los demás en la familia nos relacionábamos con lazos de sangre, de donde había surgido el afecto. Los unos para los otros éramos padres, hermanos o tíos o sobrinos. Sólo entre ellos dos reinaba un afecto libre y sin lazos de sangre: era de compañeros que se eligen el uno al otro para la extraña travesía de la vida. Eran el uno para el otro Miguel e Isabel a secas y, porque querían y porque se querían, habían decidido montar todo el tinglado de siete hijos del que yo vengo.                Yo tengo el honor de venir del amor y de la libertad. Que ese honor lo compartan casi todos los mortales no le resta grandeza.
                Ahora me miran jóvenes desde el retrato de mi salón, él vestido de legionario y ella con un lazo en la larga cabellera. Él ya no está entre nosotros, pero un año antes de irse me habló por vez primera de hombre a hombre y aún guardo sus palabras en el corazón. Me dio consejos acerca de los hermanos, acerca de los amigos y acerca de las mujeres.
                Ahora conozco mucho mejor al hombre que mi madre ama todavía.

18 Julio. Descargo de conciencia.

   Cuando yo tenía cinco años, venía a mi casa a jugar un niño muy pobre de mi misma edad. Era de piel muy blanca y de pelo muy negro y de labios muy rojos y yo me divertía en pegarle, no sé por qué, quizá porque era más ingenuo que yo y más guapo. Él lloraba, pero no le iba con el cuento a su madre, sino que se quedaba allí a mi lado y cuperaba pronto la alegría, porque era un niño muy risueño.
   Todos hemos hecho cosas feas y malas, pero de unas nos arrepentimos más que de otras. Yo de ésta me arrepiento lo indecible. Aquel niño cuyo nombre ni recuerdo murió poco después de meningitis. 
   El mundo le dio pocas alegrías y yo soy uno de los culpables.
   Seguramente queda por aquí abajo muy poco de aquel chico: un ataúd diminuto y la tristeza de su madre si aún vive. Por eso no me permito el lujo de borrar ese recuerdo. Tampoco la intensidad del recuerdo me lo permite. Y está bien que así sea.
   Amigo, allá donde estés, desde aquí te doy las gracias porque, a pesar de todo y de todos, fuiste bello y bueno y alegre. Y porque lo sigues siendo.

14 Julio. Prueba de virilidad:

  Entre lo macho que cree ser uno y lo macho que uno realmente es media un abismo. Me di cuenta ayer, cuando me metí en la ducha para refrescarme: ¡el trabajito que me costó ponerme bajo el chorro de agua fría! Y cuando reuní los arrestos necesarios para tamaña hazaña, ¡qué suspiros de doncellito delicadete! El ángel fuerte me decía: Aguanta, Cotta, tú eres Aquiles, tú eres Sansón, joder, tú eres la bestia parda, curte tu cuerpo, acostúmbralo a la austeridad. El ángel comodón me decía: Qué ganas más tontas de atormentarte, anda, cierra el grifo y desparrámate en el sofá sin moverte: eso es más efectivo para combatir el calor.
  Señores, ¡varios heroicos minutos de reloj soporté bajo el grifo y el agua salía cada vez más fría y el cuerpo no se acostumbraba! Pero sí que se fortalecía. Ya no gemía, ya respiraba viril y pausadamente, como un toro. Medir sólo un metro sesenta y cinco no es un obstáculo para ello. Mi voluntad sacó su látigo de plata y fustigó el lomo blando de mis acomodadas acémilas hasta que las convirtió en corceles. Y, luego, ¡cómo se te queda el cuerpo! Uno sale más alto y más guapo de la ducha, pisando fuerte y con ganas de comerse el mundo y ni siquiera se te acercan las moscas, sino las mariposas. ¡Y todo por un chorro de agua fría!
  Desde luego, qué complejamente simples somos los hombres.

11 Julio. Escribir no es sólo una ocupación, sino una vocación, como la de revolucionario o sacerdote. Por desgracia uno puede tener esa vocación y a la vez ser mediocre. Eso es en realidad una maldición: dedicar irremediablemente tu vida y tu energía a algo que no vale la pena.
    Yo escribí una vez un poema de amor donde llamaba a la amada "pelícana púgil". Estaba yo muy contento con ese hallazgo, porque me venían bien los acentos para el ritmo del verso y porque púgil era un término culto y porque el pelícano, según la tradición medieval, daba su propia sangre a sus hijos como alimento. Y he aquí que la amada, al leer el poema, me espetó: ¿Qué te he hecho yo para que me llames eso?
    Los escritores viven en sus bosques y en sus mundos y como están solos, no se dan cuenta de que han metido la pata cuando creían tocar las estrellas.
    Menos mal que hay amigos, como Pablo Aína, Cabanillas, Raquel y Pizarroso Malayerba, que, cuando escribo algo mediocre, no tienen pelos en la lengua y me lo dicen. ¿Qué sería de los escritores sin sus amigos? Los escritores se quedan fascinados por su obra cuando les acaba de salir de las manos y, claro, pierden el norte.

5 Julio. El sábado por la noche estuve en casa de mi hermano David, en mitad del campo, donde todavía quedan perdices y liebres. Entre todos me eximieron de mis obligaciones y, al anochecer, me fui a la piscina yo solo y me bañé en pelota. Las piscinas tienen la ventaja de que no dan miedo como el mar, porque no hay mareas ni tiburones. Las estrellas casi se podían tocar y eran tantas, que no me cabían en los ojos ni en la imaginación. Rondaba por allí Juanito, el conejo, triscando en el césped, y, como negras estrellas fugaces, los murciélagos descendían en parabólicos vuelos hasta la superficie del agua para saciar su sed. Estaba el agua tibia de todo el sol del día. La noche, para equilibrarlo todo, era fresca. Y nadar era como volar a cámara lenta, volver a un origen acuático. Pedir más dádivas habría sido un pecado contra Dios, que existía al menos esa noche, nacido de mi asombro ante su cosmos, no de mi miedo a la muerte. Pero el caso es que yo recibí aún más dádivas.
En el borde de la piscina me esperaban un vaso helado de cerveza negra y un cenicero con un pitillo. Todo muy sano. Como a un maharajá, me trajeron unas tapas de queso. Sólo faltaba la sirena feladora que deberían tener de noche todas las piscinas. La gratitud que me embargaba a cuanto existía era hija o prima hermana del erotismo. El único inconveniente eran los mosquitos que me picaban, pero también los mosquitos tenían esa noche derecho a su ración de sangre.
Luego un buen vino en amor y compaña. Y en mitad de la velada, mi hermano cazó con una escopetilla de plomo una rata enorme que rondaba por el jardín.
No doy gracias por el don de esa noche a la vida, señora que no conozco de nada porque no es nadie, sino al amor que me profesan las personas, que son las que realmente existen, las que han hecho esa piscina para que la disfruten otros, las que traen vasos helados con cerveza negra, las que te llenan una copa de vino para brindar contigo, las que te protegen de las ratas.
Decía Aristóteles que el amor es procurar el bien del otro en cuanto otro y ese día al menos diez personas pusieron en práctica conmigo esa definición tan teórica. Sabían lo que me gustaba y me lo dieron. Por momentos como ése, tan placenteros, tan epicúreos, tan puros, tan burgueses, vale la pena estar vivo, aunque el mundo esté plagado también de cosas espantosas.
Recomiendo tener hermanos que no te dejan en la estacada ni se pelean por cuestiones de herencias. Y amigos que, de vez en cuando, para que estés contento, te lían un pitillo para que te lo fumes bajo las estrellas más benévolas. Incluso aunque no tengan piscina, los recomiendo.
Feliz verano, amigos, en compañía de las buenas personas.

28 junio. Ahora que se acaba el tiempo de las cerezas, no sé por qué, me he acordado de mi padre.   

Mi padre era de los pocos campesinos que en el campo sabía leer. La gente le llevaba papeles y periódicos anticuados, cualquier papel impreso, por el gusto de oír la venerable letra impresa en voz alta. Durante largas veladas él leía el Quijote y no se oía una mosca en el público.   

Yo no me lo creía hasta que me encontré con hombres del campo que me contaron lo mismo. Me hablaron incluso de los pasajes que les leía mi padre.   

Hoy eso sería imposible. Yo mismo, que soy profesor, lector y escritor, no soportaría más de media hora a alguien leyendo en voz alta, por muy apasionante que fuera el libro. Para captar mi atención yo necesitaría música de fondo o efectos especiales.    

A mis alumnos les pasa lo mismo: están sobreestimulados. Como yo, han perdido la calma, una simple voz no basta para captar su atención.   

Por eso, cuando les cuento o les leo algo y se quedan callados, señalo el pasaje del libro y entono una oda interior a ese autor capaz de amansar a las bestias.

Los mitos griegos y las anécdotas amansan a las bestias. Un día hice un experimento y les leí el canto XXII de la Ilíada, cuando Aquiles mata a Héctor en singular combate. Las alumnas más pavas, los alumnos más hormonados, me escuchaban con la boca abierta. ¡Oh el poder de las divinas palabras!

24 junio. El llanto del fustanelás:   

Impertérrito, el fustanelás monta guardia ante la tumba del soldado desconocido en Atenas. Viste lo que vistió Lord Byron cuando combatió a los turcos.Y en el cambio de guardia desfila marcial y bello mientras las guiris se agachan para fotografiarle en un levantamiento de pierna lo que tenga bajo los faldones. Pero Raquel ha visto a uno llorar a lágrima viva. Los lagrimones le rodaban hasta el recio mentón. Ni un músculo contraído, ni un temblor.El llanto de la esfinge. El llanto misterioso es más bello y más llanto porque desconocemos su causa. La ciencia domestica las cosas explicando sus causas, pero eso les resta misterio y encanto. La poesía las prefiere únicas e inexplicables.Todos somos un poco poetas cuando no sometemos al psicoanalista nuestras vivencias más bellas, nuestras esperanzas más irracionales, nuestros rubores, nuestros deseos más íntimos, para que sigan siendo bellos e inexplicables, como las lágrimas de aquel fustanelás.

22 de junio.Los que tendemos al desorden vital nos pasamos la vida combatiendo el desorden (o el orden) natural con nuestra necesidad humana de orden o, lo que es lo mismo, la ley de la selva con la política, el sexo con el matrimonio, los demás instintos con los horarios y la educación...   

Pero la ley de la selva, los instintos, el sexo tienen su encanto y nos arrastran periódicamente con sus revoluciones, sus guerras, sus orgías, sus cuernos y sus despatarrres. Y como eso nos asusta, recurrimos al eros y a la poesía, las únicas maneras, al menos para mí, de aunar tendencias tan contrarias, porque en ellas los instintos brillan y arden para algo superior: la belleza

19 de junio. Nos regalaron hace un mes unos gusanitos de seda. El primer día se nos murieron dos. Como no tengo tierra en el piso y me daba no sé qué ir con los cadáveres a la calle, los sepulté dignamente entre dos mitades de naranja ya exprimida. Para un gusano de seda me pareció ése un féretro más digno que una bolsa de plástico. Para que no repararan en la muerte de los dos gusanitos distraje la atención de mis hijas con los gusanos que aún estaban vivos: mirad ése cómo come, mirad ése cómo hace caquita, mirad ése como construye el capullo (el cascabullo, como dicen por aquí).Ingenuo de mí, yo no sabía que eso no era nada con lo que aún nos quedaba por ver. Para empezar, los gusanos de seda llevan una vida bastante triste y frágil. Comen y defecan sin parar. Muchos mueren antes, según me han dicho, porque se les atoran los conductos por los que tiene que salir el hilo. Y otros no salen jamás de su capullo. Además, la metamorfosis es un proceso inquietante. Cuando los gusanos se hartaron de comer hojas de morera o a ellos les dio la gana, hicieron el capullo (en el buen sentido de la expresión). Es una tarea laboriosa y delicada. Y, días después, salieron las mariposas, que agitan las alas pero no vuelan y que no son lo que se dice hermosas. Por cierto, me pregunté si el gusano que se convierte en mariposa sigue siendo el mismo individuo o ya es otro. ¿Cuánto cambio puede soportar un individuo para seguir siendo el mismo?    Por fin, tras largas cópulas y desoves, las mariposas se abandonaron a la muerte. Ahora tenemos en unas cajitas una cantidad tan irracional de huevos, es decir, de vicemariposas, que le he pedido a una buena amiga que se deshaga de unos cuantos sin que yo me dé cuenta, porque no me apetece criar en la próxima primavera quinientos gusanitos de seda. En fin, que, como los chinos o Platón en su República, estoy limitando drásticamente el número de nacimientos.Mis hijas llevan muy mal que las mariposas mueran todas en masa una vez que la naturaleza, sin contemplaciones ni compasiones, las ha usado para su propósito. ¿Por qué mueren tan pronto las mariposas con la cantidad de hojas de morera que les ha costado a los gusanitos alcanzar ese estado superior? Se entristecieron mis hijas cuando murió la primera mariposa y a todas las han ido llevando difuntas al parque y las han cubierto de hojas en un sepelio que ellas mismas han ideado. Les dije, para consolarlas, que ahora están esas mariposas en el cielo de las mariposas y son todas de colores. Allí los gusanos tienen hojas de morera fresca hasta hartarse.     Pero cuando, al exhumar las tumbas, descubrieron que las hormigas se habían comido a todas las mariposas menos las alas, se pusieron muy tristes porque ya no podrían estar las mariposas en el cielo. Entonces yo les hablé del alma. Les dije que, aunque el cuerpo se quede aquí por el momento, el alma se lo pasa en grande en el cielo. Y ya se pusieron más contentas. Pero luego me preguntaron si en el cielo también había hormigas, porque si las hormigas también tenían cielo, querrían comer mariposas. Salí del aprieto diciéndoles que las almas no se comen.    En fin, que ahora me pregunto si esto de la otra vida es un consuelo de débiles ante la crueldad de este universo que nos condena a la lucha a muerte en vida y luego a la nada más incomprensible o si es más bien la intuición de que el individuo no se destruye, sino que se transforma. Igual que el huevo se convierte en gusano y el gusano en mariposa, ¿no podría ser que la mariposa se convirtiera en una mariposa mística con alas como pétalos? Pero esta intuición tiene tanta pinta de consuelo, que uno, puesto a pensar mal, se fía poco de ella. Así que me sentí un poco como san Manuel Bueno Mártir predicando a sus fieles algo que no se acababa de creer.    Los gusanos de seda, a pesar de que ni muerden ni huelen mal, a pesar de que les ha compensado, han sido una dura lección para mis hijas. A ellas les resulta difícil de entender que el orden natural es totalmente ajeno a ese orden moral, más lógico y más justo, que han aprendido. Los gusanos les han enseñado que entre el ser y el deber ser o lo que nos gustaría que fuese media un insalvable abismo.     Cuando yo aprendí eso, empecé a sentirme como un peregrino en esta vida, como si yo no estuviese hecho realmente para ella, como si yo, y conmigo todo el género humano, fuese una especie extraterrestre que aspira a las estrellas y está, sin embargo, condenada a entendérselas con hormigas que devoran mariposas y gusanos que devoran morera.    Menos mal que en medio de todo eso están mis hijas, mis verdaderas mariposas, mis más altas estrellas.

13 JUNIO 06. Tenía yo ganas de decir algo original para mi bitácora, cuando se me ocurrió, vaciando una botella de agua fresca en un termo, la siguiente máxima:   

"Las cosas tardan más en llenarse que en vaciarse".   

Me pareció ingeniosa y que encerraba dentro una gran verdad. Con ella, por ejemplo, se explicaba por qué es más rápido y fácil empobrecer a un país que enriquecerlo, corromper a un hombre que ennoblecerlo, beberte una botella de vino en una francachela que llenarla de mosto a fuerza de pisar la uva.   

Pero luego, para mi estupor, comprobé que las botellas tardaban mucho más en vaciarse en el termo que en llenarse en el grifo. Y luego se me ocurrieron varios contraejemplos: la cultura con que uno se ha llenado la cabeza no se vacía nunca, salvo en ciertos casos de amnesia; los prejuicios no se vacían jamás de ciertas molleras; el estómago tarda más en vaciarse que en saciarse...    

Me di cuenta de que, en realidad, esa frase sonaba ingeniosa, pero que era mentira y además parásita de otra afirmación que sí que es cierta: es más fácil destruir que construir. En fin, amigos, me di cuenta de que ciertas imágenes, ciertas metáforas, alguna expresión brillante, son capaces de embaucarme y hacerme creer que, debido a su belleza, en ellas está la verdad. Creo recordar que Nietzsche acusaba a los filósofos de confundir la realidad con los conceptos maravillosos con que ellos la etiquetaban.    

Pero como a la vez el hombre (al menos yo) no puede vivir sin etiquetar la realidad con conceptos inventados a medias entre todos, no me resisto a soltar otra de esas máximas que suenan muy bonitas en una velada, pero que acaso tengan de verdad lo que yo de melenudo.    

"La autoridad se impone porque sí; la verdad no se impone por muchas razones".   

Ahí queda eso, maestro Pizarroso, capitán Lucini, senador Desnoes.

11 JUNIO 06. Aprovecho ahora que mis hijas se están contando los lunares para decir que entiendo la indignación de un amigo mío cada vez que los científicos creen dar con la explicación definitiva de la homosexualidad y cada vez que los políticos se preocupan por él cuando hay elecciones y cada vez que los médicos se han empeñado en operarlo por decimocuarta vez para que echase a andar. Como mi amigo, además de homosexual, anarquista y paralítico, es ateo, no puede echarle la culpa a Dios de que los hombres se empeñen en reducirnos a cobayas, a meros votantes, a cuerpos, en fin, a objetos. Así que para sentirse un sujeto, un individuo único e irrepetible cuyas experiencias y tendencias y sentimientos son dignos, valiosos y únicos,  no le queda más remedio que recurrir a la poesía.

La poesía se está convirtiendo en el reducto de los iluminados, de los rebeldes, de los místicos, al menos mientras la NASA no descubra cómo elaboran las neuronas una oda a una urna griega. La poesía convierte en luz el polvo, al objeto en sujeto. Eso es lo que, por ejemplo, hace Miguel Hernández cuando convierte su ardor sexual en endecasílabos de fuego que convierten el ardor en algo más ardiente pero más bello. La poesía nos rescata del polvo en que nos acabaremos convirtiendo.   

Pero, en fin, ya seguiré otro día, que parece que mis hijas han terminado de contarse los lunares.

8 JUNIO 06. Hay libros asesinos, como algunos de Schopenhauer y otros escritores, que sólo recomendaría a mi peor enemigo. Abundan en la idea de que este mundo es una caca y el hombre una mosca verde y la única manera de escapar de eso es por lo visto suicidarse. Por supuesto, sus autores no se suicidan. Se ve que les gusta mucho la Gran Caca Universal. Pero por cada lector suyo que se ha suicidado, habría que hacerles tragar una caca de verdad, la de ellos a ser posible, para que comprueben en sus exigentes papilas gustativas que el mundo que tanto asco les da está más bueno que las cacas.

Desde aquí doy gracias a los escritores que nos ayudan a vivir, que lanzaron sus cometas al firmamento para que nos agarremos a su cola. Lorca, Miguel Hernández, san Juan de la Cruz, Tolkien, Chesterton, Homero, Whitman y tantos otros, gracias de todo corazón por saber distinguir entre el universo y la caca.

1 JUNIO 06. No sé quién me contó que en Alemania venden huevos de gallina feliz, que son los huevos de las gallinas que corretean a su aire en el campo, con su gallo y sus pollitos, poniendo huevos cuando se lo pide natura y no cuando se lo exige la rentabilidad del negocio. Lo malo es que esos huevos, como todo lo feliz, son caros. Pero quien puede los compra porque piensa que la angustia existencial de la gallina industrial nos la transmiten sus huevos y por eso, entre otras razones, estamos nosotros también angustiados. Al menos eso afirman algunos ecologistas y gente alternativa: ¿será que las toxinas de la gallina industrial son capaces de transmitir o producir algo tan etéreo y psicológico como la tristeza? ¿Estamos ante una afirmación científica o una simple superstición? Después de que Cristo les dijera a los judíos que no había alimentos puros y alimentos impuros porque al fin y al cabo todo lo que comemos lo acabamos echando a la letrina, en el siglo veintiuno volvemos al maniqueísmo de lo puro y lo impuro. Pero, en fin, supongamos que los huevos felices nos hacen en efecto dichosos y los tristes nos entristecen. En ese caso, el mundo se enfrenta al siguiente dilema: o comer pocos huevos pero felices o comer muchos huevos pero tristes. Lo primero nos aportaría más salud, pero nos dejaría hambrientos; lo segundo nos quitaría salud, pero también el hambre. No hay manera de resolver el dilema, porque no se pueden producir tantos huevos felices como demanda hay de ellos: la gente consume más huevos que huevos felices pueden producir las gallinas. Menos mal que aún no nos ha dado por pretender comer guisantes felices, terneras dichosas, mejillones contentos y tomates afortunados, porque para eso tendríamos que matar a más de la mitad de la población humana para que el mundo fuera invadido por la felicidad de las demás criaturas.     Rompo una lanza a favor de la felicidad de las personas, aunque se tenga que hacer a costa del sufrimiento de los animales que devoramos. La felicidad del hombre es ligeramente incompatible con la de las ratas y la de los piojos. Es imposible que todo lo que existe sea feliz: el pez grande se come al chico. Centrémonos, que no es poco, en que eso no ocurra entre nosotros, los hombres, que somos los que tenemos que ser felices unos con otros, nos guste o no la idea. Los animales, si es posible, merecen participar de esa felicidad. Pero si no es posible, ¿qué le vamos a hacer? Somos más de seis mil millones de bocas los que tenemos que comer todos los días. El solomillo de ternera desgraciada y la chuleta de cordero deprimido también están muy ricas.

26 mayo 06. Ha muerto Víctor Hugo Viscarra y no nos ha dado tiempo a que nos firme su libro ahora que por fin había cruzado el barco para reconquistarnos gracias al barco cada vez más grande de Mono Azul.    Ahora más que nunca su libro se convierte en una confidencia entre amigos. Cuando muere un escritor, su alma se escapa de su cuerpo, igual que lo hace en sueños, y vuela de alguna manera a su obra. Estamos tan acostumbrados a leer obras de autores vivos, que ya nos extraña Quevedo cuando dice eso de que leer es dialogar con los muertos.    Dialogar con los que nos precedieron sólo es posible gracias a la literatura, aunque los lectores y los escritores lo olvidemos tan a menudo.    Así que me voy a charlar un rato con Viscarra. Espero que, allá donde esté, haya interminables francachelas y los ángeles le llenen una copa interminable con el mejor vino de Caná y que luego no haya resacas ni problemas hepáticos, sino que Viscarra y sus comensales puedan pasar largas veladas con la alegre y despreocupada risa de los dioses, que no tenían miedo de nada porque nada les podía pasar.

23 de mayo.Por vez primera en mi vida he firmado mis libros en una caseta de la Feria del Libro. Fue a los pies de la Giralda. Para mí siempre ha sido un honor y sigue siéndolo encontrarme cara a cara con un autor que con su obra me ha hecho reír y llorar y, luego y sin querer, pensar mucho. Pero el honor ha sido ahora mayor para mí: mis lectores no se imaginan la emoción y la gratitud con que yo les he firmado mis vírgenes prudentes. Para ellos escribo, para no defraudarlos, para estar a su altura. Para colmo, estuvo sentada a mi lado mi editora Ana. Fueron dos horas de felicidad intensa a bordo del barco de Mono Azul, cuya buena estrella me sigue guiando. Conocí a Luis Manuel García, el autor de Habanecer, y a Edmundo Desnoes y a su mujer, la mujer más elegante de Sevilla en estos días. Y me reencontré con el capitán Lucini, que iba con sus zapatos mágicos y su magnífica estatura. Antonio Rivero y Fernando Iwasaki me firmaron sus libros, que ahora leo con gusto. Y me encontré con muchos otros cuyo buen hacer sacan adelante la república de las letras.Ir a esa feria a comprar un libro, a encontrarse con un escritor, a oír las historias de cuentacuentos en compañía de tus hijos, me parece lo más alejado de lo soez, lo más refinado, un acto más cívico incluso que el de ir a votar: la ciudad habilita un lugar para la sabiduría, donde las ideas circulan libre y bellamente, en un formato perenne que nos abre el camino a otras visiones de este universo que no acabamos de comprender.    Desde aquí, desde este faro de Mono Azul, amigos míos, mientras mis hijas juegan en la bañera poniéndolo todo perdido, salud y gracias por ser libres e inteligentes.

20 de mayo.De todo lo que no me gusta del mundo, ¿qué cosas debo cambiar y cuáles no? ¿Ante qué debo rebelarme y ante qué resignarme? Ése es mi dilema personal: ¿rebeldía o resignación? Son dos actitudes incompatibles, pero necesarias, ante los problemas del día o del mundo: o los arreglo o me conformo con ellos. Entre una y otra hay muchas posturas intermedias: ante unos macarras que queman un contenedor, uno puede mirar a otro lado, deprimirse, enfrentarse a ellos, llamar a la policía; ante un defecto insoportable de su marido, la mujer puede tomárselo con humor, separarse, intentar corregirlo, soportar el chaparrón, matarlo... Pero cada una de esas opciones son en realidad diferentes grados de intensidad de esa rebeldía o esa resignación. Se podría escribir un libro que diferenciase las épocas, las ideologías, las religiones, los partidos, las filosofías, las artes, los libros... según si nos alientan a ser rebeldes y alzar el puño contra el cielo o si nos exhortan a resignarnos y agachar la cabeza. Los estoicos se resignaban y Nietzsche se rebelaba. El liberalismo económico odia las revoluciones y el anarquismo las alienta. Egipto se postraba ante sus dioses y Atenas se reía de los suyos.        En cuanto a nosotros y a nuestra época, creo que la libertad, la rebeldía, lo nuevo y lo bohemio nos seducen más que la seguridad, el conformismo, lo tradicional y lo convencional. Hoy suele suscitar más simpatías el Bosco que Fra Angelico, Juana de Arco más que santa Rosa de Lima, la mujer liberada más que la madre de familia, el ocupa más que el propietario, el Che más que la madre Teresa de Calcuta, el último grito en la moda más que el corte clásico y los vampiros más que las vírgenes. En fin, Nietzsche nos sigue atrapando con su metáfora: el camello que soporta los fardos nos gusta mucho menos que el león rugiente que se los quita de encima. Pero esta aversión de nuestro imaginario a la resignación le importa un real rábano al universo, que en muchos aspectos sigue impermeable a nuestra rebeldía y eso provoca muchas frustraciones. Por ejemplo, hoy hemos endiosado la belleza física, el atractivo sexual, la juventud y el placer y por eso nos sometemos a cirugías estéticas y dietas y gimnasios y alejamos de las ciudades los cementerios. Pero en el universo siguen existiendo la fealdad, la vejez, la enfermedad, el dolor, el desamor y la muerte y cuando la gente se encuentra con esos seis espantosos jinetes y de nada sirve ya rebelarse ante ellos, se desespera, se suicida, pide a gritos la eutanasia, escribe libros deprimentes que nos invitan a la claudicación..., cualquier cosa antes que resignarse.    Nuestra época no nos ayuda a resignarnos noble y dignamente cuando no nos queda más remedio que resignarnos. Quizá la sabiduría consista en saber cuándo hay que resignarse ante lo inevitable en vez de seguir dando coces contra un muro impenetrable hasta desangrarse tontamente. Es más sabia Frida Kahlo que le sacó partido artístico a su enfermedad que cierto torero que se suicidó cincuentón porque, por primera vez, no se le empinó con una mujer una noche. Es más sabia y también más valiente y me gustaría pensar que más feliz, pero esto último, que es lo más importante, nos moriremos sin saberlo, porque los dos se llevaron ese secreto a la tumba.

12 mayo. Unas amigas mías han estado en el Mercado Central de Atenas. En la zona de la carne, los carniceros, acostumbrados a destripar bestias, las miraban torvos y muy machos, como calibrando cuchillo en mano muslos y pechugas. Los pescaderos, en cambio, eran galantes y pizpiretos. "Pero ¿qué hacen aquí unas muchachas tan guapas? Mirad qué pescaditos de plata tenemos para vosotras".    Yo le compro los churros a un churrero que es también mercader de ámbar. Él mismo labra las joyas y las expone en una vitrina de su churrería. Vende churros con más guasa que gracia, pero el ámbar lo vende con más gracia que guasa.    Y me encanta cómo me asesora la dueña de Les cartes de vins, aquí en El Arenal de Sevilla. Al final me acabo llevando varias botellas: una refulge como una uva madura al sol, otra fue pisada por los hombres de Ulises en la gruta de Polifemo y otra era la favorita de Ariadna en sus noches de amor con Dioniso.     Los productos refinados requieren vendedores refinados. El que vende rosas blancas no mastica con la boca abierta y el que vende rosarios no dice palabrotas. Cuanto más rudo es el butanero, más ceremonioso es el modisto.    A veces, sin embargo, uno se topa con un carnicero poeta y con un poeta que no se ducha. La carne del primero huele mejor que los versos del segundo.    A lo que voy: a veces nos seducen las cosas no por ellas mismas, sino por las manos que nos las ofrecen.    A mí me encantaría, por ejemplo, ser buscador de perlas, pero no porque me gusten especialmente las perlas, sino porque me encantan los buscadores de perlas, igual que más de uno quisiera ser actor porno no porque le gusten especialmente las mujeres, sino porque le encantan los actores porno.

10 mayo.Todo existe sin habérselo propuesto, incluso el universo, y en el silencio de los espacios infinitos y absolutos, que diría Pascal, sólo una criatura lo sabe y alza al cosmos su grito de admiración y desesperación. Es un grito inútil que sólo ella oye y que no la salva del estupor ante el sinsentido de la muerte, de este nacer para morir, de este tanto penar para morirse uno, que diría nuestro Miguel Hernández. Pero es también el grito de un anhelo que nos hace grandes: el deseo, la voluntad atroz de inmortalidad y permanencia, porque somos místicos en cuerpos de primates. Nada más que por eso Sófocles sigue teniendo razón cuando canta aquello de: "Muchas cosas admirables hay en la tierra, pero ninguna lo es tanto como el hombre". El hombre tiene el deber de alzarse sobre sus patas traseras. Mientras su cuerpo respira, su alma aspira, que diría Gracián. Tenemos el deber de preferir Beethoven a la ensalada y Vivaldi a la uva pasa, que diría Battiato (y perdón por tanta cita).    ¿Cuál es el verdadero pecado? Quedarse en la estupidez del orangután que jamás pintará las cuevas de Altamira, en lo soez y en la fealdad de creer que, puesto que no veo de mí más que un cuerpo, sólo soy pura biología, igualito que una ameba. Aunque eso fuera verdad, tendría que ser mentira por la cuenta que nos trae. La inteligencia nos da derecho a que un mundo así no nos guste y a salvarnos de él con el arte, con Dios o con el amor. Elijan ustedes. Sólo así, si nacimos para morir, moriremos para nacer. Aparte de eso, amigos, perdonadme este ataque de filosoforrea.

6 mayo.Sospecho que el hombre es un ser aquejado o agraciado de, llamémoslo así, altismo. Seguro que Nietzsche dijo alguna vez algo parecido, pero ahora no me acuerdo.El altismo es un criterio para valorar las cosas y se puede formular así: "Lo que sube o está encima es superior en nobleza e importancia a lo que baja o está debajo". La simple posición espacial de las cosas, que es lo primero que captan de las cosas nuestros ojos, la extendemos de modo inevitable al valor de esas cosas, y esto nos da la certeza de que hemos encontrado esa verdad que nos hará libres y poderosos. Por ejemplo, el cielo es superior a la tierra y por eso en la mitología griega es el varón que la cubre y la fecunda con su lluvia.     El altismo espacial se corresponde en el plano temporal con el primerismo: lo que pasa primero es más importante que lo que pasa después. El mellizo que saca antes la cabeza es el primogénito; el que pega primero pega dos veces; primero se dice lo esencial y luego lo accidental. El colmo de la perfección es ser lo primero y estar encima. Por eso la muerte, que siempre viene después de todo y nos confina a ser cubiertos por la tierra, es lo que más odiamos y menos entendemos.    Admiramos más al águila que a la lombriz, al alto más que al bajo; las cumbres nos seducen más que los abismos, las estrellas más que el núcleo de la tierra. El hemisferio norte es más rico que el sur. La vista es un sentido superior al olfato, porque está encima de la nariz, y el olfato es superior al gusto. La cabeza, sede de los pensamientos, está en la cima del hombre y es superior al pecho. El pecho, donde residen los sentimientos y las pasiones, es superior al bajo vientre, donde residen los apetitos. Los pensamientos suben y las heces bajan (y para ello, además, hay que agacharse indignamente). El falo en su plenitud apunta al cielo y arroja hacia arriba su simiente, pero tiene que agachar la cabeza para deshacerse de los orines.        Si no fuera porque en el universo no hay en realidad un arriba ni un abajo y porque todo lo que pasó primero pasó después que otra cosa; si no fuera porque nacemos de ese vientre que tanto denostó Platón ("Menos tu vientre todo es confuso", que diría mi Miguel Hernández) y porque la tierra que está debajo y que nos acabará devorando es también la que nos ha parido; si no fuera, en fin, porque uno se lo pasa bomba cuando en el amor está debajo, yo sería ferviente seguidor del altismo y del primerismo.

3 mayo. He andado descalzo y sin prisas por las inmensas y rubias soledades de las playas de Doñana, hasta que pudo más el deseo de darme un chapuzón que el de llegar lo más lejos posible. El agua estaba limpia y fresca y yo solo y desnudo, sólo con una gorra para que el sol no me pelara el cráneo. A mis espaldas, dunas con pinos y aves rapaces que los sobrevolaban, y ante mí la llanura líquida del océano. No había un alma en varios quilómetros a la redonda y, sin embargo, me sentía acompañado. Al regreso, vi a unos caballos galopar por la arena, a unos hombres pescando, a varios nudistas y, en el suelo, caracolas muy bellas que he recogido para mis hijas.    He ido al mar porque estaba triste y he vuelto a Sevilla contento y con renovados bríos para emprender mi segunda novela. Ahora me he quitado la sal en la ducha y aún me caldea el sol recibido. El mar siempre me cura cuando he perdido mi estrella.

28 abril. Aún recuerdo las reuniones que los vecinos hacían en las noches de verano en la casa de mi madre, bajo los árboles, en medio del campo. Los niños escuchábamos las historias de la guerra o de los que habían emigrado y a ratos contábamos estrellas fugaces hasta que nos quedábamos dormidos en brazos de alguien y amanecíamos mágicamente en nuestras camitas y luego nos esperaba una hogaza de pan calentito y desde la puerta saludábamos a gritos a los hermanos mayores que recogían almendras a lo lejos y les llevábamos agüita fresca y el almuerzo y ellos nos revolvían el pelo con una mano protectora y cariñosa. No sé dónde he oído decir que los que tuvieron una infancia feliz tendrán una vida feliz, por muy mal que les vaya. Aún se me aparece en sueños aquella casa, con los nidos de golondrina que mi abuelo cuidaba porque, según decía, las golondrinas le habían quitado a Cristo las espinas de su corona. Y aquella alcubilla atesorando el agua que rezumaba de la roca viva, un agua fresca que no dejaba de manar ni en agosto. Si alguna vez un sapo se colaba, mi madre se metía allí dentro y sacaba toda el agua y la dejaba otra vez reluciente como la plata. Todo aquel cariño, toda aquella belleza que recibí, me hacen querer todavía este mundo al que sin querer fui arrojado.

25 abril.Cuando deje de fumar, me apuntaré a un gimnasio, me pondré fuerte, seré más alto, más bello y más joven. Luciré mis músculos por la playa. Las mujeres me mirarán con el rabillo del ojo y los hombres me envidiarán. Por las mañanas el espejo me devolverá otra imagen distinta: la de un atleta. Por las noches contaré las estrellas y escribiré en hexámetros de oro himnos gigantes y extraños. Cada primero de mes subiré a la más alta cumbre de la sierra y allí lanzaré mi hipogrito huracanado hasta las alturas y se asustarán las nubes y los ciervos y espantaré con mi poder a todas las aves del mundo. Y por las noches regresaré a mi harén, donde me esperan mis huríes envueltas en blandas y perfumadas sábanas. Cuando deje de fumar, pisaré más fuerte sobre la tierra, seré un hombre más seguro y agresivo y no me cambiaré de acera cuando me encuentre en una calle solitaria a un hombre con pinta de delincuente. Renovaré mi vestuario y andaré más erguido, como un héroe homérico, y escribiré obras épicas y grandiosas. Podré sostener a mis hijas una en cada brazo y llevarme a mi mujer a la cama en brazos sin que me tiemble el pulso. Me comeré los bocadillos de jamón sin dudar y en vez de cerveza, tomaré zumos y jugos naturales. Y cuando me ofrezcan marihuana, la rechazaré con un gesto arcangélico y digno.    Eso sí, cuando deje de fumar.

23 de abril. DÍA DEL LIBRO Y DE LA LECTURA. El escritor es el creador; y el libro es la creación, un universo, un nuevo mundo. El lector es el descubridor, el explorador, el conquistador. Cuando el creador crea una obra, da al firmamento una nueva estrella para que el lector la encuentre con su telescopio y la conquiste y la incorpore a su firmamento personal como una estrella con cola que lo guíe en su travesía de rey mago sin destino.    Gracias a los libros yo he descubierto el nacimiento del Nilo,  me he bañado con Cleopatra en leche de burra, he sido gladiador en el circo y colonizador de Marte. Cuando contemplo todas esas estrellas que la inteligencia de sus creadores ha ido destilando como gemas preciosas en mi planetario particular, me entretengo en imaginar constelaciones entre ellas para entenderme mejor en este mundo en que sin querer estamos todos. Cada lector forma sus propias constelaciones: cuanto más variopintas, más personales. Sus estrellas refulgen más que las otras y se empeñan en parecernos un conjunto armonioso. Una de las mías es la que forman las estrellas Casandra, Galadriel y Dulcinea. No forman un triángulo, sino una flecha que apunta al infinito. Luego hay otros astros móviles, que son en realidad planetas errantes y luminosos que cada noche me sorprenden porque tienen una ruta libre. Uno de esos planetas es el Inca Garcilaso. Siempre se cita el 23 de abril como el día definitivo en que Cervantes y Shakespeare se convirtieron en astros. Pero muchos olvidan que también en ese día murió el Inca Garcilaso, hijo de la princesa inca Chimpu Ocllo y del capitán Garcilaso de la Vega. Él mismo reconoció que la conquista fue una tragedia, pero también creía que el amor era una fuerza cósmica que unió dos mundos y de esa unión nació, por ejemplo, él. Vale la pena visitar ese planeta. Sus valles son profundos y verdes y aún no han sido contaminados por el turismo espacial barato. En la Feria del Libro los libros no se ordenan ni se guardan como en una biblioteca: se exponen en un cielo abierto, en una lluvia de estrellas, y los lectores las visitan en naves y más rápidos que la luz en busca de un lugar puro donde pasar unos días o unos milenios. En algunas de esas estrellas estaremos los Monos Azules encantados de recibirlos.

21 abril 06. Ayer redescubrí los toros gracias a la esplendidez de nuestro Pizarroso Malayerba. Con buenos y malos toros, con buenas y malas faenas, los diestros nunca perdieron la dignidad y la elegancia en la pupila del coso, bajo la mirada exigente de otras miles y miles de pupilas. También en las mías, asombradas, ellos derramaron fuerza, vitalidad, belleza y la sangre necesaria para todo eso Y, dentro de mí, Teseo y el Minotauro celebraban el mismo rito. No sé cuál de los dos era la inteligencia y cuál los instintos. Pero sé que aquel baño ritual de bravura, nobleza, fuerza, gestos imperiosos y de estoques relucientes que sin maquillajes ni trucos ni componendas se desplegaba ante todos nosotros me ha curado de este mundo descafeinado que prefiere negar la existencia de la muerte a agarrarla por los cuernos y triunfar sobre ella sin perder nunca esa dignidad y esa elegancia con que Homero dotó a sus héroes y que ayer vi resplandecer en los trajes de luces.

17 abril 06.¿Cómo  nos hemos montado la vida que entre el curro, el papeleo y el trajín nos vamos muchas veces al catre sin haber hecho nada que realmente nos guste? ¿Tanto trasiego para luego acabar rendido por el sueño ante la caja boba? Es mejor gustar las caricias del sueño con el corazón lleno de asombro y agradecimiento porque se nos ha bendecido con algún don inesperado. Y mejor aún es darse cuenta de que el día puede estar lleno de dones inesperados: el olor a pelo recién lavado de aquella chica que se sentó junto a mí en el autobús; esperar el atardecer bajo un álamo al que ya le hemos echado el ojo, muy lejos de cualquier carretera; el azahar cayéndome sobre la calva; correr bajo la lluvia mientras la ciudad duerme; hacer el amor con Heart of glass de Blondie de fondo; ver a mis hijas correr felices por un prado salpicado de amapolas; la parábola del vuelo de un petirrojo que me ha sorprendido ver en el parque; subir al Faro del Mono y escribir estas cosas bajo el azul solar de sus vidrieras...    Gracias a esos dones, uno soporta mejor la contaminación acústica que nos impide oír el rumor del viento, la contaminación lumínica que nos impide ver estrellas fugaces, la contaminación fecal canina callejera que nos impide andar con despreocupación, la contaminación política que vicia periódicos, libros, relaciones, amistades, trabajos, vecinos y, sobre todo, uno soporta mejor las malas caras de alguna gente.    Por cierto, me encantaría haber escrito un libro como el de Borracho estaba, pero me acuerdo.

12 abril 06.Cuando mi hija me dijo que quería ser de mayor bailarina y pirata, se me echó a volar la imaginación buscando de qué modo verosímil podría yo novelar la vida de una bailarina pirata y dedicársela a mi hija. La podría llamar Isabela y hacerla comandante de un barco llamado La Esmeralda y gobernante de la isla caribeña del Caimán. Ella sería el terror de los piratas ingleses, pues los embauca con sus danzas cálidas y sensuales y gracias a esos encantos consigue más información que nadie. Sus hombres son todos maridos cornudos y poetas desengañados, pero todos son fuertes y caballerosos y en la isla del Caimán fundan una República de poetas libres.
El capitán Lucini y el comandante Malayerba Pizarroso visitan la isla cada primavera y le traen a Isabela las perlas más bellas, las esmeraldas más grandes, pero ella a nadie entrega su corazón. Su único amor es Airón, su caballo negro. Cuando cabalga en él, sus hombres se inclinan ante ella. Ni lady Godiva en toda su desnudez resplandece tanto como Isabela.
Si no fuera porque mi hija me acaba de decir que de mayor ya no quiere ser bailarina y pirata sino cocinera, me esforzaría por pensar un final para esta novela.

8 abril 06. Estoy tan acostumbrado a no verme, que cuando me encuentro ante el espejo, y sobre todo si estoy un poco borracho, me pregunto: "Ah, pero ¿éste soy yo? ¿Esto es lo que ven de mí los demás?". A unos los invade el extrañamiento cuando se topan con su propia imagen; a otros el agradecimiento; a otros, el único amor del que son capaces. Si yo tuviera un anillo que me volviera invisible, me costaría muchísimo resistirme a la tentación de espiar los espejos de las alcobas, de los vestuarios y de los hoteles, porque el espejo nos conoce mejor que nosotros mismos. Si los espejos pudieran escribir novelas...    Y mucho más me costaría no darle una colleja a los narcisistas, los que se ahogan en su propio beso, los que no conciben el amor como entrega y abandono, sino como un placer y un honor que se  les debe porque son el ombligo del mundo. De buena gana los castigaría adornándolos con un barrillo en la puntita de la nariz.Blancanieves no era tan guapa como la reina mala. Pero lo parecía porque era menos narcisista. Mientras que la reina, al menos en la versión porno, usa para su placer un séquito de negros bien dotados, Blancanieves se regala toda a los siete enanitos, porque son muy buenos y ellos están que no se lo creen. Luego a Blancanieves le espera la recompensa de su príncipe polludo y guapetón. Hala, para que la reina mala se muera de envidia y frialdad ante su propio espejo, mientras sus negros sueñan con un ama tan buena y complaciente como Blancanieves. En esta época de revisionismo está de moda derrumbar mitos reivindicando la figura del malo. Borges consigue que nos apiademos del Minotauro en su relato Asterión. Goytisolo reivindica la figura de don Julián, que vendió España a los musulmanes. Muchos grupos de rock ensalzan la figura del ángel caído. Así que yo debería reivindicar la figura de la reina mala. Pero es que me cae tan mal la gente que se mira tanto al espejo...

6 abril 06. Está Sevilla nevada de azahar y las mujeres visten como flores y los hombres sonríen más. Incluso he visto sonreír a un amigo mío aquejado de cáncer, que me ha estrechado con fuerza las manos mientras yo con ellas le deseaba toda la salud del mundo.     Luego, en un templo, las notas tremendas de un órgano muy antiguo me han atravesado el cuerpo (iba a decir, me transverberaron, pero reconozco que aún no he recibido el don del éxtasis) y me convirtieron en una bandada de aves remontando el vuelo a lo más alto. He entendido por fin por qué Fray Luis llamaba a Dios el Gran Citarista. Esa música me sanaba de todos mis demonios y me daban ganas de comerme el mundo y cuando me iba a sacar un pañuelo del bolsillo para sonarme la nariz (pues aun en estos trances musicales los seres mortales a veces moqueamos), cayeron de mi bolsillo muchas flores de azahar, que mis hijas se habían entretenido en guardar allí durante nuestro paseo para confeccionar luego en casa no sé qué perfume.Todavía me dura el efecto de aquella música. Deberían enseñarnos desde niños a disponer el ánimo de manera que la música surta en nuestro corazón y en nuestra cabeza todos sus poderosos y variados efectos. Contra abulia, rock; contra pesimismo existencial, tocatas y fugas; contra envaramiento, cha cha cha; contra misantropía, Beethoven; contra ira, country; contra castidad, boleros y lo que haga falta. Así la gente no echaría de menos la marihuana ni la coca y a lo mejor yo podría quitarme del vicio de la nicotina. Y si no fuera porque no está de moda dar consejos, yo daría de mil amores el consejo de prepararse para recibir dignamente a la música. Primero uno se ducha, se afeita si tiene uno que afeitarse algo, se perfuma, se viste bien y se acomoda en el lugar más cómodo de la casa, se pone los auriculares para no fastidiar a los vecinos y, entonces, recibe uno a la música como a una misteriosa dama que nos ungirá la frente o como a un musculoso arcángel que nos impondrá las manos. De muchas maneras se nos muestra la música, pero lo importante es acabar recostando en su pecho la cabeza. Pero, en fin, no hay que complicarse tanto la vida. Quizá sea mejor encontrarse a la música de improviso que concertar con ella una cita.

1 abril 06.La reina mala de Blancanieves. Cuando era niño, me indignaba que la reina mala del cuento de Blancanieves fuese tan bella. Desde Homero, sólo los buenos son bellos y desde Platón la belleza sólo le corresponde al bien. Por eso los demonios de Dante son feos y pedorros y si el fantasma de la ópera y la Bestia del famoso cuento aspiraban a la belleza, era porque anhelaban en realidad la bondad perdida. Sólo mediante un pacto con el diablo, como hizo Dorian Gray, consigue el malvado vestirse de luz, de una luz bella y venenosa como una gota de mercurio. De esa luz, que a tantos ciega, vistió Nietzsche a su superhombre. Ya no me indigna la belleza de la reina mala de Blancanieves, porque ya no soy un niño. Ahora sólo me asusta y sólo recupero el valor cuando me doy un chapuzón entre las estrellas. Y esas estrellas sois vosotros. Amigos, salud.